La poesía como puente: diálogos entre España y América Latina
Artículo por el Día Mundial de la Poesía
Cada 21 de marzo, el Día Mundial de la Poesía —proclamado por la UNESCO— nos invita a recordar que el verso no es solo una forma estética, sino un territorio compartido y una condensación de la memoria de los pueblos, la resistencia ante el olvido y la búsqueda de lo común. En el espacio iberoamericano, la poesía ha funcionado durante siglos como un puente de ida y vuelta: un flujo constante de influencias, exilios, afinidades y rupturas que han tejido una tradición común a ambos lados del Atlántico.
Lejos de entenderse como dos campos separados, España y América Latina han construido una historia poética entrelazada, donde los movimientos literarios, las voces individuales y los contextos históricos han dialogado de manera permanente.

En el siglo XIX, la poesía en español estaba marcada por la herencia del romanticismo y su evolución hacia formas más íntimas y contenidas, en lo que se conoce como posromanticismo. En este contexto, la figura del español Gustavo Adolfo Bécquer resulta fundamental: sus Rimas (1871), alejadas del exceso retórico romántico, consolidaron una poesía breve y centrada en la emoción. Aunque el realismo imponía en el conjunto de la cultura una mayor atención a lo cotidiano y lo social —especialmente en la narrativa—, en poesía predominaba este modelo lírico más depurado. Este horizonte configuró una base común, pero también evidenció ciertos límites expresivos.
Fue entonces cuando el poeta nicaragüense Rubén Darío impulsó desde América Latina una de las mayores transformaciones de la poesía en lengua española: el modernismo. Su obra Azul... (1888) introdujo una renovación estética basada en la musicalidad, la experimentación formal y la apertura cosmopolita. Junto a él, precursores clave como el cubano José Martí o, posteriormente, la uruguaya Delmira Agustini y el mexicano Amado Nervo contribuyeron a consolidar esta nueva sensibilidad.
Pero el movimiento no se quedó en América. Su influencia fue decisiva en España, donde autores como Juan Ramón Jiménez o Antonio Machado incorporaron y transformaron sus propuestas. Es decir, América Latina inició la renovación con el modernismo y España lo interiorizó en su propia crisis cultural con la Generación del 98.

Con la llegada de las vanguardias en occidente a principios del siglo XX, el chileno Vicente Huidobro impulsa el creacionismo, asociado a la idea de que el poeta debe actuar como un “pequeño dios”. El poema no debe imitar la realidad, debe crear una nueva. Supone la ruptura sintáctica para construir relaciones nuevas entre las palabras, así como la importancia de una imagen no referencial, con metáforas que no remiten directamente a la realidad observable, sino a asociaciones inéditas o autónomas.
Influenciados por esta escena chilena y parisina, en el Café Colonial de Madrid se gesta el ultraísmo. El crítico Rafael Cansinos Assens habla de un “verbo nuevo” creacionista que, en palabras del poeta Guillermo de Torre, incubaría el “óvulo ultraísta”. Como reacción al modernismo, proponen la búsqueda de la máxima intensidad con los mínimos elementos. Se elimina lo ornamental con el uso de las metáforas sorprendentes y se estructuran poemas breves o visuales, a veces tipográficos.
En ese espacio de intercambio —cafés, revistas, viajes— emerge otra figura clave: el argentino Jorge Luis Borges, quien participa en el ultraísmo en Madrid y Sevilla, y a su regreso a Buenos Aires lo introduce en América Latina la circulación poética de la capital.

La Generación del 27 española y el neobarroco latinoamericano pueden leerse como dos momentos distintos, pero profundamente conectados de reactivación del barroco en lengua española.
Figuras como Federico García Lorca o Concha Méndez, integrante de Las Sinsombrero, recuperan la herencia de Luis de Góngora y la proyectan hacia la modernidad, combinando tradición y experimentación formal en un contexto de intensa efervescencia cultural, previo a la Guerra Civil. Décadas más tarde, desde América Latina —y especialmente desde Cuba—, autores como José Lezama Lima y Severo Sarduy reactivan esa misma matriz barroca, pero la llevan hacia una radicalización del lenguaje: proliferación metafórica, densidad semántica, parodia e intertextualidad como formas de expandir los límites del sentido. Como en la Generación del 27, esta operación está atravesada por una relectura de la tradición; sin embargo, en el neobarroco esa herencia se revisita desde una sensibilidad marcada por las tensiones poscoloniales, que cuestionan la idea de una hispanidad homogénea y la reformulan como espacio de mestizaje, conflicto y resignificación.

A lo largo del siglo XX, las redes poéticas iberoamericanas articularon un espacio de intercambio constante, donde las influencias se cruzaban y reformulaban entre ciudades como Madrid, Buenos Aires y Nueva York. Lorca incorporó estas experiencias en Poeta en Nueva York (1940), mientras Pablo Neruda, durante su etapa como diplomático en Madrid, estableció vínculos estrechos con Rafael Alberti o Luis Cernuda, configurando una intensa fraternidad literaria que se vería reflejada en sus obras. Este entramado alcanzó uno de sus momentos más significativos en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura (1937), que reunió a figuras como César Vallejo, Vicente Huidobro, Octavio Paz o Elena Garro junto a Antonio Machado y María Teresa León, simbolizando la máxima densidad del diálogo transatlántico.
La dictadura en España, y más adelante las del Cono Sur en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay o Paraguay configuraron un mapa de desplazamientos que atravesó la poesía a ambos lados del Atlántico. Españoles que escriben desde América, como León Felipe desde Ciudad de México, y americanos que escriben desde España, como Cristina Peri Rossi desde Barcelona.

En la segunda mitad del siglo XX, América Latina se consolida como actor global con el boom latinoamericano de los años 60 y 70. Jóvenes de la región como Julio Cortázar o Gabriel García Márquez combinaban renovación estética, técnicas innovadoras como el realismo mágico y temáticas sociales, también en sus poesías.
Pero un episodio menos conocido de esta etapa es el papel de la agente literaria catalana Carmen Balcells y el de las editoriales Seix Barral de Barcelona o Sudamericana en Buenos Aires. Profesionalizaron el mercado editorial, facilitaron la publicación de autores latinoamericanos en España y garantizaron su circulación por Europa, factores clave no solo para la consolidación de carreras individuales, sino para la construcción de la “marca boom”.

Si durante siglos la poesía transitó entre la página y la oralidad, en el siglo XX ese movimiento toma otras vertientes hasta desbordar los límites del texto. El poema ya no solo se lee: se dice, se encarna, se escucha.
En América Latina, la obra de la peruana Victoria Santa Cruz situó la poesía en el cuerpo y en la voz con el emblemático poema Me gritaron negra (1978), convirtiéndolo en un acto performativo donde ritmo, repetición y oralidad funcionan como formas de memoria, resistencia e identidad. En la otra orilla, la tradición de los cantautores y del flamenco en España incorporaron la poesía como materia viva, como es el caso de La leyenda del tiempo (1979) de Camarón de la Isla, que reinterpreta el poema de 1931 de Federico García Lorca y proyecta su imaginario hacia nuevos lenguajes sonoros.
Más que un legado estático, la poesía es una conversación abierta que atraviesa generaciones y geografías, recordándonos que el idioma compartido no es solo herencia, sino también posibilidad. Octavio Paz escribía que “la poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono”. Y también —podríamos añadir—, un puente que sigue tendiéndose entre América Latina y España.
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